La vida le había dado muchas vueltas. Más de las necesarias. Más que demasiadas. Excesivas incluso para dos vidas. Pero las asumió todas. No era fácil ser un calcetín enganchado a la lavadora.
viernes, 15 de marzo de 2013
lunes, 11 de febrero de 2013
Dorilda de Campotravieso, una vida.
Era una niña peculiar, para qué negarlo. Tenía ese nombre, vivía en ese sitio, se peinaba así el pelo y llevaba esos vestidos. Todos la miraban de lejos, sonriendo preguntándose que clase de padres dejarían a su hija salir así de casa. Pero Dorilda de Campotravieso no les hacía caso. Se creía un hada, un ser que nunca crecería y que viviría feliz en el campo para siempre.
Pero creció, creció y se mudó a la ciudad, donde estudió y se convirtió en la dama más bonita de la sociedad, pero también la más seria. Cuando por fin volvió a su casita de campo, donde sus padres la esperaban, todos la miraron asombrados. Todos los hombres quisieron cortejar a Dorilda de Campotravieso, antaño una niña peculiar y ahora una mujer espectacular.
Pero ella hizo caso omiso, como de costumbre, y no se casó con nadie. Se quedó viviendo en casa de sus padres, incluso cuando hubieron muerto. Y poco a poco volvió a esos vestidos y esos peinados, y recuperó la sonrisa que le provocaba el creerse un hada y ser feliz en el campo. La que antaño fuera una mujer espectacular se convirtió en una solterona peculiar.
Dorilda de Campotravieso murió un hermoso día de primavera, y sus exiguos ingresos no permitieron a los vecinos más que ponerle una simple lápida con su nombre. Días después, sin embargo, apareció un epitafio de un material que nadie supo identificar y del que jamás se supo nada:
Adiós, Dorilda,
la más hermosa de todas las hadas,
siempre te llevaré en mi corazón.
A.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Una dama peculiar
Dora Smith, de soltera Gray, era una mujer peculiar. Nadie lo diría por su
pulcro aspecto de dama de clase media. Ni tampoco por sus reuniones para jugar
al mus. Ni tampoco por la aburrida relación que mantenía con su marido, Bob. Ni
siquiera por la llamativa relación extramatrimonial que mantenía con el
jardinero (las vecinas murmuraban y sonreían, pero les parecía normal, una no
podía esperar pasión del soso de Bob Smith).
Dora tenía dos hijos, bien educados, tímidos y que acudían a
la escuela, se sabían todos los versículos de la Biblia y se portaban bien en
la Iglesia. Llevaban buenas ropas que su madre remendaba amorosamente, para que
nadie acusara a sus hijos de tener menos dinero que el que aparentaban, lo que
hubiera resultado una verdad vergonzosa. En definitiva, Dora Smith se
esforzaba, como cualquier ama de casa normal, por aparentar un nivel de vida
más alto del que realmente podía llevar y lo conseguía.
Lo que hacía de Dora Smith, de soltera Gray, un mujer
peculiar, extraña, extraordinaria, eran los misteriosos paseos que daba, a
altas horas de la madrugada, hasta la oscura mansión Robinson, propiedad de
Charles James Robinson, un anciano ermitaño, que vivía aislado del mundo y no
tenía más compañía que la de su vieja ama de llaves. Cada noche, Dora Gray
(porque en esos paseos dejaba de ser la señora Smith y volvía a ser la señorita
Gray, con su sonrisa juvenil y los ojos brillantes) andaba un kilometro hasta
la mansión, entraba por la puerta de atrás y caminaba por oscuros pasillos
hasta llegar a la biblioteca, donde el viejo Robinson tocaba el piano. Y allí,
sin testigos, sin jueces, sin responsabilidades, Dora se perdía entre las
páginas de cualquier libro, olvidando la monótona vida de la señora Smith.

viernes, 23 de noviembre de 2012
La dama del Alba
Inspirado en la obra de Alejandro Casona y dedicado a esa mujer que no podía amar
Y luché contra la muerte,
cara a cara,
y no conocía el miedo
cuando la miré a los ojos.
Y lloré al verla llorar,
y sufrí al verla sufrir,
y dejé de luchar;
me enamoré de ella.
Morí al estrecharla entre mis brazos.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
En la campiña inglesa
La casa se alzaba, solitaria, en medio de la llanura. Rodeada por
un caído muro de piedra, se veía abandonada, decadente, triste. Enredaderas del
color del bosque más oscuro cubrían sus muros de ladrillo; los postigos
entreabiertos de las ventanas le daban un aspecto sombrío. La puerta, que antaño
había sido roja como el fuego más vivo, parecía ahora una vieja mancha de
sangre, a juego con el arcilloso tejado que no prometía refugio en una noche de
lluvia. La chimenea se elevaba majestuosa, de un negro más oscuro que la noche,
y era el único detalle que recordaba, de manera sutil, la gran mansión que
alguna vez había sido.
Su interior, en cambio, era esperanzador. Bajo la gruesa capa e
polvo, resultado de años de abandono, lucían los más exquisitos muebles que
pudiéramos encontrar. Su distribución, sencilla, ubicaba los enormes
dormitorios al fondo, lejos de la cocina. Cuando uno se atrevía a abrir las
ventanas, el efecto era abrumador: oleadas de luz inundaban la casa, dando un
aspecto casi mágico a cada habitación. Pero sin duda la joya de esta morada se
hallaba arriba. Si uno era capaz de encontrar las pequeñas escaleras y subía
por ellas, se encontraba con la habitación más interesante de todas. La pequeña
buhardilla, iluminada por la tenue luz del pequeño postigo, prometía cientos de
tesoros escondidos a descubrir bajo el manto de plateado polvo.
martes, 19 de junio de 2012
Bécquer
Me temo que esta vez no traigo nada excesivamente literario, y para más inri no es ni siquiera mío. Esta carta la leí en XLSemanal hace un tiempo, y me impresionó por... No os voy a mentir, siempre he adorado a Bécquer, aunque nunca lo haya mencionado. Y la historia de como su poesía cambió la vida de dos personas me conmovió enormemente. Así que quiero compartirla con vosotros. Por Bécquer.
El profesor abandona, envejecido, el aula. Sobre sus
espaldas, 31 años de docencia y otros tantos de conciencia Algunos lo creen
funcionario. Él sólo se sabe maestro. Le pesa la burocracia. Y ese alumno que
ha perdido el hálito y al que no sabe como ayudar. Se pregunta si su tarea aún
sirve. A la salida, un joven matrimonio lo saluda con una cortesía en desuso.
Tarda en reconocerlos. Finalmente, los sitúa en un pupitre y en un curso del
pasado. Le presentan a su hijo: Gustavo “Por Bécquer…”, dice el padre. “Y por
usted”. Y le recuerdan que un día les leyó en clase la rima XXX y que les
recordó que el orgullo no debía nunca sajar el amor. Los tres recitan:
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mis labios una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino; ella, por otro;
pero, al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿Por qué callé aquel día?
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?
“A la salida seguí su consejo”, añade el padre. “Y la llamé.
Y ahí lo tiene, a Gustavo”. Al día siguiente, el profesor amaneció rejuvenecido.
Había encontrado lo que creía haber perdido: el sentido de un oficio.
lunes, 14 de mayo de 2012
Amor constante más allá de la muerte
Dado el título de la anterior entrada, no puedo evitar compartir uno de los mejores poemas de amor de la literatura española. Es obra de Francisco de Quevedo, misógino empedernido que sin tener ninguna experiencia en el tema nos obsequió con la mejor definición de amor que conozco. Disfrutad :)
AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;
mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a la ley severa
Ala, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas, que humos a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido.
Su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Francisco de Quevedo.
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