Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Infiel

Oh. Dios. Mío. ¿Qué acabo de hacer? ¿Cómo he sido capaz? ¿Debería...? No. No. Lo hecho, hecho está. Qué frase tan horrible. Pero es verdad. No tendría que haberlo hecho. Lo he hecho. No puedo volver atrás. ¿Seré capaz de mirarme en el espejo y reconocerme después de esto?

Teníamos un compromiso, ¿no? A ver. Yo tenía un compromiso con ella, y ella conmigo. Fidelidad, lo llamamos. Y, lo que es más importante, yo lo tenía conmigo. Un firme compromiso de no cambiarla por nada y por nadie. Y ahora, con sólo una sonrisa amable, y una oferta tentadora... Sin pensarlo dos veces, sin apenas darme cuenta de lo que hacía, me he lanzado a los brazos de otra, dejando mi destino en sus manos. Completamente.

Reúno el valor de mirarme en el espejo y me recorre un escalofrío. Apenas contengo los sollozos. Pero, ¿la verdad? Me lo merezco. A fin de cuentas, lo sabe todo el mundo: una chica debe serle fiel a su peluquera.

lunes, 15 de abril de 2013

Vultus fugit

Se llamaba Carmen y tenía fuego en los ojos. La adoré durante meses y la amé una noche. No volví a verla. Ni siquiera cuando salió de la cama. Ya no era ella. La inalcanzable, la que nunca había tenido. Después de esa noche se volvió un rostro común, desaparecieron sus ardientes ojos, se desvaneció su adorable cuerpo.

Le dije adiós a Carmen en un orgasmo atronador que la condenó, al mismo tiempo, al olvido y a la historia.

viernes, 15 de marzo de 2013

Microrrelato

La vida le había dado muchas vueltas. Más de las necesarias. Más que demasiadas. Excesivas incluso para dos vidas. Pero las asumió todas. No era fácil ser un calcetín enganchado a la lavadora.

lunes, 11 de febrero de 2013

Dorilda de Campotravieso, una vida.

Era una niña peculiar, para qué negarlo. Tenía ese nombre, vivía en ese sitio, se peinaba así el pelo y llevaba esos vestidos. Todos la miraban de lejos, sonriendo  preguntándose que clase de padres dejarían a su hija salir así de casa. Pero Dorilda de Campotravieso no les hacía caso. Se creía un hada, un ser que nunca crecería y que viviría feliz en el campo para siempre.

Pero creció, creció y se mudó a la ciudad, donde estudió y se convirtió en la dama más bonita de la sociedad, pero también la más seria. Cuando por fin volvió a su casita de campo, donde sus padres la esperaban, todos la miraron asombrados. Todos los hombres quisieron cortejar a Dorilda de Campotravieso, antaño una niña peculiar y ahora una mujer espectacular.

Pero ella hizo caso omiso, como de costumbre, y no se casó con nadie. Se quedó viviendo en casa de sus padres, incluso cuando hubieron muerto. Y poco a poco volvió a esos vestidos y esos peinados, y recuperó la sonrisa que le provocaba el creerse un hada y ser feliz en el campo. La que antaño fuera una mujer espectacular se convirtió en una solterona peculiar.

Dorilda de Campotravieso murió un hermoso día de primavera, y sus exiguos ingresos no permitieron a los vecinos más que ponerle una simple lápida con su nombre. Días después, sin embargo, apareció un epitafio de un material que nadie supo identificar y del que jamás se supo nada: 

Adiós, Dorilda,
la más hermosa de todas las hadas,
siempre te llevaré en mi corazón. 
A.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Una dama peculiar


Dora Smith, de soltera Gray,  era una mujer peculiar. Nadie lo diría por su pulcro aspecto de dama de clase media. Ni tampoco por sus reuniones para jugar al mus. Ni tampoco por la aburrida relación que mantenía con su marido, Bob. Ni siquiera por la llamativa relación extramatrimonial que mantenía con el jardinero (las vecinas murmuraban y sonreían, pero les parecía normal, una no podía esperar pasión del soso de Bob Smith).

Dora tenía dos hijos, bien educados, tímidos y que acudían a la escuela, se sabían todos los versículos de la Biblia y se portaban bien en la Iglesia. Llevaban buenas ropas que su madre remendaba amorosamente, para que nadie acusara a sus hijos de tener menos dinero que el que aparentaban, lo que hubiera resultado una verdad vergonzosa. En definitiva, Dora Smith se esforzaba, como cualquier ama de casa normal, por aparentar un nivel de vida más alto del que realmente podía llevar y lo conseguía.

Lo que hacía de Dora Smith, de soltera Gray, un mujer peculiar, extraña, extraordinaria, eran los misteriosos paseos que daba, a altas horas de la madrugada, hasta la oscura mansión Robinson, propiedad de Charles James Robinson, un anciano ermitaño, que vivía aislado del mundo y no tenía más compañía que la de su vieja ama de llaves. Cada noche, Dora Gray (porque en esos paseos dejaba de ser la señora Smith y volvía a ser la señorita Gray, con su sonrisa juvenil y los ojos brillantes) andaba un kilometro hasta la mansión, entraba por la puerta de atrás y caminaba por oscuros pasillos hasta llegar a la biblioteca, donde el viejo Robinson tocaba el piano. Y allí, sin testigos, sin jueces, sin responsabilidades, Dora se perdía entre las páginas de cualquier libro, olvidando la monótona vida de la señora Smith.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

En la campiña inglesa


La casa se alzaba, solitaria, en medio de la llanura. Rodeada por un caído muro de piedra, se veía abandonada, decadente, triste. Enredaderas del color del bosque más oscuro cubrían sus muros de ladrillo; los postigos entreabiertos de las ventanas le daban un aspecto sombrío. La puerta, que antaño había sido roja como el fuego más vivo, parecía ahora una vieja mancha de sangre, a juego con el arcilloso tejado que no prometía refugio en una noche de lluvia. La chimenea se elevaba majestuosa, de un negro más oscuro que la noche, y era el único detalle que recordaba, de manera sutil, la gran mansión que alguna vez había sido.

Su interior, en cambio, era esperanzador. Bajo la gruesa capa e polvo, resultado de años de abandono, lucían los más exquisitos muebles que pudiéramos encontrar. Su distribución, sencilla, ubicaba los enormes dormitorios al fondo, lejos de la cocina. Cuando uno se atrevía a abrir las ventanas, el efecto era abrumador: oleadas de luz inundaban la casa, dando un aspecto casi mágico a cada habitación. Pero sin duda la joya de esta morada se hallaba arriba. Si uno era capaz de encontrar las pequeñas escaleras y subía por ellas, se encontraba con la habitación más interesante de todas. La pequeña buhardilla, iluminada por la tenue luz del pequeño postigo, prometía cientos de tesoros escondidos a descubrir bajo el manto de plateado polvo.


lunes, 14 de mayo de 2012

Polvo enamorado

La dama gris miró su figura apagada. No se acercó, su rostro no mostró ningún sentimiento. No habló. No podría. Mostraría su debilidad, y eso era algo que no podía permitirse.Él la miró a los ojos. Un disparo en su corazón.Se dio la vuelta, pero no pudo salir de la habitación. Dichoso destino, que le hacía matar a aquel a quien amaba. Dichoso sentimiento que la obligaba a morir con él.


sábado, 10 de abril de 2010

Lágrimas de sangre (y IV)

MACABRO HALLAZGO DE TRES CADÁVERES

En la mañana de ayer, la policía irrumpió en una casa de esta localidad, encontrando en su interior los cadáveres de sus moradores, un matrimonio y la hija de ambos, de 16 años de edad. Los dos adultos presentaban serias heridas de arma blanca. Sin embargo, la menor presentaba hematomas en cuello y tronco. La causa de la muerte, a falta de confirmación por los resultados de la autopsia, pudo ser debida a una sobredosis.

Se desconoce como sucedieron los hechos, la policía se hecho cargo de la investigación, habiendo decretado la autoridad judicial el secreto del sumario.

Los vecinos del edificio afirman que la mujer sufría maltrato físico y psicológico, pero según fuentes policiales no hubo nunca ninguna denuncia por malos tratos.

Con ésta el numero de muertes por malos tratos de este año asciende a…

Extracto del diario Local

jueves, 11 de marzo de 2010

Lágrimas de sangre (III)

Se sentó en el suelo del baño, mirando al techo, con la cabeza apoyada en la pared. Una parte de su cerebro se preguntó si no estaba perdiendo la cabeza ¿Matar podía volver loca a la gente?

Quizás no le hicieran nada. Lo hizo en legítima defensa, ¿no? Su madre estaba muerta y ella no sabía que hacer. Claro, que… Nunca denunció a su padre. Nunca… De repente tuvo una fuerte convicción y sus ojos se llenaron de angustia. No la creerían. No la creerían y la meterían en un reformatorio… Uno de esos reformatorios horribles… Con gente horrible… ¿Habrían reformatorios para chicas? A lo mejor era una cárcel como la de La reina del Sur, aquella novela de Reverte. Quizás la experiencia la hiciera rica…

Cuando estuvo segura de que se le había pasado la angustia, volvió al comedor. Miró la sombra del cuerpo de su padre, y echó un vistazo al resto de la sala. Recordó los sucesos acaecidos esa misma noche y se estremeció quiso apartar esos pensamientos de su mente, pero no pudo…

Estaban ambas sentadas en el sofá, una junto a la otra, la hija abrazando a la madre. Veían un capítulo grabado de perdidos. Ella se había dado cuenta de que esa serie distraía a su madre. Y necesitaba distracción. Así que, sin contarle nada del instituto, ni preguntarle por el trabajo, en cuanto llegaba se sentaban las dos a ver las peleas se Jack y Locke por una pistola. Aunque ella estaba más pendiente de los pasos que se oían en el pasillo.

A las once terminó el capitulo y fueron a acostarse. Como siempre, intentó convencerla de que se acostara con ella, pero como siempre, no quiso. Y también como siempre, se fue a la cama de matrimonio a esperarle. La oyó acostarse en la otra habitación e, intentando convencerse de que estaría bien, consiguió conciliar el sueño.

A las dos de la madrugada, escuchó el portazo que anunciaba su llegada. Se encogió sobre sí misma, deseando taparse hasta la cabeza con la colcha, pero se quedó alerta, esperando no escuchar más que tropezones y golpes contra los muebles. Sin embargo, oyó un grito de su madre y, por primera vez, la escuchó pedir clemencia. Aludía al amor que él sentía, a que en realidad no sabía lo que estaba haciendo, a que ella le quería. De él sólo se oían balbuceos ininteligibles, frente a los sollozos desesperados de su madre, pidiendo que recapacitara. Después un grito ahogado, un susurro sólo adivinado, el silencio. Un silencio absoluto.

Se levantó, poniéndose una chaqueta mientras caminaba hacia la puerta cerrada de su habitación. Avanzó por el pasillo, hasta que llegó a la puerta de la habitación de matrimonio. Allí se quedó paralizada. Vio a su padre, inclinado sobre el cuerpo inerte de su madre, que yacía sobre la cama.

-Papá… -musitó.

El monstruo se giró a mirarla, aun portando el cuchillo lleno de sangre.

-¿Qué has hecho? -susurró, mirando alternativamente al cuerpo de su madre y al cuchillo que él sostenía. Sangre. No podía ser. Él no hubiera sido capaz…

Se levantó con un bramido y salió corriendo por la puerta. Ella se apartó y le vio entrar al salón. No supo cuanto tiempo estuvo en el pasillo mirando al infinito. Después entró a la habitación y tapó el cuerpo de su madre, mientras unas pequeñas lágrimas surcaban su cara.

Fue al comedor y encontró a su padre tumbado en el sofá, con los ojos entrecerrados. ¿Cuántas veces le había dicho a su madre que necesitaban un móvil? Avanzó lentamente hacia el teléfono, dispuesta a llamar a la policía, pero tropezó con la mesa de centro y su padre abrió los ojos, mirando alrededor. Ella se abalanzó hacia el teléfono, intentando marcar el número de la policía. Él, adivinando sus intenciones, se echó sobre ella, impidiéndole descolgar y aplastándola contra el suelo. Pudo oler su aliento a alcohol, y vio un brillo de locura en sus ojos.

Puso las manos sobre su cuello y apretó, impidiéndole respirar. Ella extendió los brazos, buscando con las manos algo con lo que defenderse. Palpó un objeto suave y adivinó en él el cuchillo. Sin pensárselo dos veces, lo arremetió contra su agresor, acertándole en el cuello… Él paró, la miró desconcertado y se desplomó junto a ella. Se levantó y miró el cuerpo de su padre.

Rompió a llorar.

Ahora las lágrimas corrían a rienda suelta por su cara. No quería ser una asesina… No quería tener que cargar con una muerte en su conciencia.

-Papá, es culpa tuya… Destrozaste tu vida y te empeñaste en destrozar la nuestra. ¿Por qué…?

No pudo contener los sollozos. Recordó la leyenda urbana: la sobredosis de Paracetamol es mortal de necesidad. No se podía curar. Caminó hacia el cuarto de baño, donde guardaban las medicinas, pero se desvió hacia la habitación de su madre.

-Adiós, mamá. Nos vemos luego.

sábado, 27 de febrero de 2010

Lágrimas de sangre (II)

Buscó con la mirada el ordenador, causante de otra maratón de moratones, tras el visionado de la factura por parte de su padre. ¡Cómo le gustaría poder cambiar todo eso…!

La manzanita plateada reflejaba la luz de la lámpara que alumbraba su cuarto. Lo cogió y lo encendió sobre sus rodillas. Como de costumbre, la ventana de Internet se ejecutó sola, . abriéndose la página de Google. Frunció el ceño, contrariada. Esa noche nada era como de costumbre… ¡Y el ordenador seguía haciendo lo de siempre! Maldita informática… Siempre con las malditas pautas.

Guiada por un extraño instinto, tecleó la palabra “reformatorio” e inició la búsqueda. Se sonrió al ver la cantidad de resultados que aparecían. Se preguntó si ella tendría que ir a alguno de esos.

Una extraña sensación comenzó a atenazarle el corazón. Intentó identificar ese sentimiento y por un periodo indeterminado de tiempo se quedó mirando al vacío. Recordando…

El día de su último cumpleaños… Su madre estaba radiante. Se había maquillado a conciencia y mostraba una brillante sonrisa. No se daba de las miradas de todas las convidados, que la miraban preocupados. Pero ella… Ella la miraba de una forma especial. Sabía todo el esfuerzo que su madre estaba haciendo, y todo para ella, para que pudiera disfrutar de su decimosexto cumpleaños. Fue una tarde inolvidable, llena de risas, juegos bailes… Hasta que llegó él. La fiesta entera en silencio, exceptuando la canción que sonaba en los altavoces, Your song. se acercó a su esposa y le tocó la cara, sintiendo todas las capas de maquillaje que ocultaban sus cardenales. Y después, con una voz gutural, les dijo a todos que se fueran. En ese momento, ella supo que estaba borracho. Y que ese día no terminaría bien. Y se derrumbó sobre el suelo de su terraza, llorando, mientras sus amigas se iban, huyendo del monstruo.

Dejó el ordenador sobre su cama y, sin pensar, se levantó y se encaminó hacia la habitación de matrimonio.

Distinguió una silueta sobre la cama y se arrodilló en el suelo junto a ella.

- Mamá -empezó suavemente-. Mamá , tu sabes que yo le quería, ¿verdad? Nunca quise herirle. Pero si no… Si no hubiera… Si yo no… Me habría matado, ¿sabes? Tendrías que haber visto su mirada, mamá… Como en aquella película del muñeco diabólico. Esa mirada era clavadita a la de papá… Yo… Cuando `llegué y lo vi… -paró un instante-.¿Te acuerdas cuando fuimos de excursión? Subíamos por la montaña y papá me cogía en brazos para que no me cansara… Y Timmy estaba con nosotros -sonrió-. Papá me contó la historia de su nombre, ¿recuerdas? ¡Cómo el perro de Los Cinco! -su cara se entristeció-. Papá lo mató, ¿verdad? Le dio un golpe en la cabeza. Siempre lo he sabido, pero no quería decírtelo. Sabía que te hacía feliz que yo me creyera la mentira…

Hizo una pausa, mirándose las manos.

- ¿Sabes que he sacado un diez en Historia? Me pasé toda la tarde estudiando… Y dio sus frutos. El profesor está muy orgulloso… Pero me ha dicho que tengo que salir más. Todos los de la clase se han quedado pasmados. Yo he sonreído y le he dicho que lo intentaría. Por eso había pensado… ¿Qué te parece si voy el viernes al cumpleaños de Vanesa? Me ha invitado esta mañana. Es la semana que viene… -levantó la cabeza y miró al techo-. ¿Sabes, mamá? He decidido que quiero ser historiadora. Investigar las historias pasadas y los chismes de los reyes y los cortesanos. Estaría bien, ¿eh? Además podría vivir en Oklahoma o Massachussets… ¿Te imaginas? Podría ser una historiadora famosa… Como Robert Langdon… Ese era historiador, ¿verdad? El de El Código Da Vinci. Me parece que sí, aunque estaba especializado en simbología… He estado escuchando música, ¿sabes? My Chemical Romance, No Way Out, Lordi… Lordi es genial… Would you love a monsterman? es tan…

Calló de repente, sintiendo una gran angustia en el pecho, y no pudo contener las lágrimas.

-Mamá, mami -sollozó-. ¿Qué hago? ¡Está allí! Muerto, mami. Lo maté yo. Con el cuchillo. Con el mismo cuchillo con el que él… ¡Pero yo no quería! Mamá, él… ¡Él quería hacerme daño, quería…! Mami… No me harán nada, ¿verdad? Yo no quiero que me hagan nada, yo quiero estar contigo para siempre. ¿Qué derecho tenía él a tratarnos así? ¿Con qué derecho te pegaba y nos maltrataba? Mamá… -los sollozos se doblaron-. Deberías haber visto su cara cuando le clave el cuchillo… Me… Me miró y… No me odiaba mamá, pero… Estaba decepcionado… Él quería que yo aguantara más, que yo te salvara… Todavía la recuerdo… -tenía los ojos anegados de lágrimas-. Mamá, ¿crees que algún día me perdonará? ¿Me perdonará algún día? Mamá… Mami… Mamá…

Destapó a la figura de la cama y se quedó contemplando el cuerpo inerte de su madre… Las sábanas manchadas de sangre… Le dio la vuelta al cuerpo, antes de lado, para que se quedara mirando al techo. Pudo ver el gran agujero de su vientre, la sangre todavía fresca… Sintió angustia. Corrió al cuarto de baño y vomitó el chocolate.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Lágrimas de sangre (I)

Rompió a llorar. ¿Por qué la vida tenía que ser tan injusta? Ella sólo quería ser feliz. Y sin embargo…

Miró sus manos llenas de sangre. Se preguntó en qué momento de su vida había pasado de ser una aplicada estudiante de secundaria a ser una asesina.

Echó un vistazo a su alrededor. Su casa, vacía y oscura, rezumaba una paz que hacía mucho que no sentía. Observó el cuchillo ensangrentado, que yacía bajo el sofá. De nuevo se preguntó cómo había pasado.

No recordaba haber sentido nada. Ni odio, ni dolor, ni rabia… No… Solo una fuerte determinación y la seguridad de saber que estaba haciendo lo correcto.

Lo correcto… ¿Cómo sabía la gente lo que era correcto? ¿Cómo podía saber ella si estaba bien lo que había hecho?

Fue al cuarto de baño, todavía con la cara empapada, se lavó las manos y dejó que la sangre se diluyera y que bajara por las tuberías.

Se encontraba extrañamente serena. Se rió de si misma. Siempre había creído que después de cometer un asesínatelos nervios se exaltaban y se sentían unos remordimientos terribles. Sin embargo ella solo era capaz de sentir esa estúpida seguridad.

Se secó las lagrimas. A lo hecho, pecho, monada. Ya no había remedio. Y esa sensación…

Se acercó a la cocina y abrió el armario. Le apetecía chocolate. Con leche. Como el de su madre. Pero sólo vio de tetrabrick. Bueno, qué diablos. Puesta a ir al infierno, podía beber chocolate de tetrabrick.

Se calentó una taza y se sentó en la silla de la cocina. Recordó cuando empezó todo. El principio del fin. El día D de su infierno particular. El primer golpe. El primer perdón. Hacía ya tres años de eso. Tres años de angustia.

No pudo comprender el por qué. El por qué las sonrisas se habían convertido en burlas, y las caricias en golpes. No pudo comprender por qué el amor se había convertido el odio. Por qué su madre no hacía nada.

Al principio creyó que sería pasajero. Una mala racha en el trabajo, un pequeño problema con la crisis de los cuarenta…

Hasta que olió el alcohol. Recordó también la noche en la que intentó forzarla, las inútiles duplicas de su madre, su intento desesperado se escapar, el refugio en el baño…

Se metió en la bañera, intentando sentirse protegida, padre daba golpes a la puerta, demasiado ebrio para intentar forzar la cerradura. Su madre intentando detenerlo… se estremeció al recordar el golpe sordo que produjo su cuerpo inerte al caer al suelo…

Miró la taza vacía que sostenía en las manos. Esa serenidad… suspiró y se levantó, recorriendo el pasillo. Se miró al espejo y se preguntó qué diferencia había entre ella y la chica que esa misma mañana había sacado un notable en matemáticas.

Avanzó hasta su cuarto. Quería escuchar música. My Chemical Romance, quizás. O Lordi. Algo que la dejara pensar.

Realmente no había sido muy difícil ocultar la situación de su familia a sus compañeros. Sus notas habías mejorado, ya que a menudo se quedaban la biblioteca hasta tarde, haciendo los deberes, estudiando… Cualquier cosa menos estar en su casa.

El iPod comenzó a reproducir aleatoriamente, y los acordes de Would you love a monsterman? empezaron a sonar. Sonrió. Menuda ironía. ¿Amarías a un monstruo?

Su madre sí lo hizo. Vaya si lo hizo. Lo amó demasiado, incluso. Lo amó con un amor enfermizo, que la humillaba y la degeneraba , hundiéndola cada vez más en una miseria de la que no podía salir. “Mamá”, pensó. “¿Por qué no lo hiciste antes? ¿Por qué no tuviste el mismo valor que yo?”

El pop desenfadado de No Way Out sonó en sus oídos y apagó el reproductor. No estaba de humor. Si hubiera sido Dover…

Estaba hastiada. Cogió un libro. Los tres mosqueteros. Genial. Sin problemas. Nada de padres violadores en ninguna página. Sólo aventuras, acción, amistad y un poco de amor. En su justa medida.

D’Artagnan… Se sumió durante cinco minutos en la lectura, pero se detuvo al encontrarse con que faltaba una página. Hasta allí había llegado la borrachera de su padre…

Había estado leyendo toda la tarde, esperando a que su madre llegara del mercado. Pero, por un motivo incomprensible para ella, su padre llegó antes. Borracho, para variar. Y ella, envuelta por los sonidos del rock de los Rollings, no lo oyó llegar. Cuando lo vio, se quedó paralizada. El se acercó, aprovechando su inmovilidad, y le quitó el libro de las manos, arrancándole la página que estaba leyendo. Se quedó mirando estupidamente el libro y ella aprovechó para escabullirse. La torpeza de sus miembros le impidieron seguirla mientras bajaba a toda velocidad por las escaleras del edificio. Encontró a su madre en el portal e intentó convencerla para que evitara el encuentro, pero no le hizo caso y, mientras ella se alejaba en dirección al parque, su madre corría al encuentro del monstruo.

Un monstruo… Eso es lo que era, un monstruo… Pero ya no podría herir a nadie más, ya no…

domingo, 27 de diciembre de 2009

And all I want for Xmas is you

Sonrió. Miró la nieve a su alrededor, pensando en la blancura que destilaba la Navidad. Blancura que contrastaba con la negrura de su corazón sangrante.

Torció por la esquina de la tienda de artículos de broma y comenzó a correr, hasta llegar al parque. Se recostó contra un árbol, sintiendo el frío suelo. Comenzó a llorar.

Su móvil sonó con una melodía que destilaba esperanza. Lo sacó del bolsillo y lo miró con odio. El aparato no podía sentir...

Decidió leer el mensaje. Nada podría hacerle daño. Le sorprendió ver que era de su hermana. Preguntaba por su ubicación. Le contestó simplemente que llegaría enseguida.

Se quedó mirando al vacío durante un tiempo que nunca pudo determinar. Pero cuando levantó la vista, él estaba allí.
-Perdona, ¿estás bien? Te estaba mirando desde allí...
-Sí, Sí... No te preocupes. Yo sólo...
-Eres la novia de Juan.
-Era- no pudo refrenar las lágrimas de sus ojos.
-Es eso, ¿no? El muy cabrón te ha dejado.- sonrió, incrédulo. Después la miró fijamente, extendiendo los brazos para ayudarla a incorporarse-. ¿Sabes? No debería alegrarme, pero... ¿Tienes que hacer algo en Nochevieja?
-No-sonrió ante la franqueza del muchacho.
-¿Qué te parece si quedamos aquí a las una y vamos a una fiesta? Así podré conocerte...
-A las una perfecto.
-Genial. Estaba deseando conocerte.
-¿En serio?
-¿Tu que crees?
Se acercó a ella y la besó levemente en los labios.
-Me llamo Fran. Y será mejor que te vayas, tu hermana estará preocupada... Nos vemos.
-Nos vemos-dijo dándose la vuelta, y caminando hacia su casa. Cuando llevaba diez metros andados, se dio la vuelta-. Me llamo Silvia.
-Lo sé.
Sonrió y se dio la vuelta de nuevo, feliz por haber recibido su regalo de Navidad.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Sam y Keyra

Sam Reynolds se miró al espejo. Atractivo, guapo, moreno, sonrisa perfecta, ojos seductores y sin embargo una mirada infinitamente triste.

Keyra Smith miró por un instante su reflejo en el cristal del coche. Las gafas de sol oscuras, el pelo largo castaño desordenado por el viento, la boca mascando chicle, daban a su imagen el aspecto de dura que hacía que todos los chicos se giraran para mirarla.

Sam Reynolds era un chico tímido, abstraído, a quien la atracción que las chicas parecían sentir hacia él nada más le provocaban sonrojos. Todo sobresalientes, excelente en deportes, visitas casi diarias a la biblioteca y fines de semana encerrando en casa leyendo las aventuras de Sherlock, Crusoe, d’Artagnan o cualquier héroe literario que se le pusiera delante.

Keyra Smith era la líder de su grupo, siempre extrovertida, provocadora, seductora. Sonreía a los chicos que bajaban las gafas de sol al verla pasar. Raspaba el suficiente, pero su encanto personal le sobraba como para ganar un notable con un par de camisetas estrechas. Siempre había alguien dispuesto a ayudarla. Cada fin de semana, visitaba religiosamente la Fresh Coke, la discoteca de moda, donde bailaba hasta el éxtasis, junto a todos los chicos que la pretendían.

Sam Reynolds solo salía lo justo de su casa. Keyra Smith casi no la pisaba. El universo entero se encogió cuando ambos adolescentes se encontraron.

Sam ojeaba el nuevo libro que había comprado, una edición de bolsillo de Orgullo y Prejuicio. Keyra tarareaba la canción que sonaba a todo volumen en su iPod Touch, con los ojos cerrados.

Dos coches chocaron, una anciana se dislocó la cadera, un niño perdió su globo y el gato de la vecina del cuarto murió. Pero no importaba nada, porque Sam Reynolds y Keyra Smith acababan de mirarse a los ojos.


El mundo entero desapareció en ese instante, y tan solo existía un cruce de miradas, la de los ojos azules de él con los castaños de ella. Ambos, parados en plena acera, se cuestionaban los principios que regían su existencia.


lunes, 12 de octubre de 2009

Me gustaría haber sido alguien (II)

"Me gustaría haber sido alguien", pensó. "Alguien capaz de ser consciente de sus actos. Alguien capaz de adivinar los verdaderos sentimientos de alguien..." Se quedó mirando al vacío un instante, acariciando sus rizos rubios, nerviosa. Recordó su sonrisa divertida, su mirada inteligente, su cuerpo atlético, sus ojos verdes, francos, su cabello moreno, su sonrisa divertida. La manera en la que la miraba, el modo en el que la trataba siempre, caballeroso, gentil, perfecto. Siempre fue su mejor amigo, su confidente, ¿por qué no admitir que también fue su gran amor? Y entonces, ¿por qué aceptó casarse con Sean? ¿Por qué se lo restregó en la cara, por qué no le dijo que no quería hacerlo, que sólo hacía caso a su padre? Ella no quería tener un marido famoso, ni lo había querido nunca. Pero su padre, su amado padre, la exhortó para casarse y tener una vida cómoda. Y ella había aceptado sacrificarse, porque no sabía el daño que le hacía a su amor, porque no sabía que él la amaba. "¡No estaba en el trato!", gimió para sí misma. "No es justo que él haya tenido que pagar por esto. No es justo que yo vaya a tener una vida fácil, mientras que él se ha sacrificado por mi causa." Suspiró, cerrando los ojos. Abrumada por su último pensamiento, abrió los brazos... Y se tiró al vacío, siguiendo los designios de su amado...





viernes, 2 de octubre de 2009

Hoy le he visto... por última vez.

Le prometí que volvería. Y aquí estoy. Es curioso, siempre pensé que Anabel le caía mal. No pensé que terminaría casado con ella. Tengo ganas de llorar. Llevo veinte años cultivando un amor que se torna ahora imposible. Juega feliz con sus hijos. El mayor se parece a él. ¡Está mirando a su mujer! Pero no la mira con amor, no como me miró a mí aquel día de mayo. Le susurra al oído un te quiero. Frío, desapasionado. No como aquel te quiero dolido, amargo, pero tan extremadamente dulce, ese te quiero con sabor a despedida, despedida forzada por el mismo amor. Si él me hubiera pedido que me quedara, lo hubiera hecho sin dudar, sin pensar en mi familia, en mis hermanas.

Se aleja, y floto hacia él, oculta en la espesura. Como ha cambiado. Está tan mayor... Más responsable. El acné ha desaparecido de su rostro, y lo sustituyen finas, e invisibles al ojo humano, arrugas. Pero tiene la misma sonrisa, la misma mirada. Le deseo como aquella vez hace veinte años. Pero como ha cambiado. Y yo... Me miro las manos, tensas y juveniles, como llevan siéndolo todo un siglo. Nunca pensamos en esa diferencia, Martín. Decidimos obviar el tamaño, el tema de las alas. Pero no pensamos que la vida de un hada es eterna...

Una pelota se dirige hacia donde estoy. ¿Casualidad o providencia? Martín se acerca a mí, riendo por la travesura de su hija pequeña. Se inclina hacia la pelota, antes de llegar, así que no me ve hasta que se levanta con la pelota en la mano. Se me quedó mirando, sorprendido y desconcertado. Tiene los mismos ojos...
-Rocío...-murmura.
Su hija corre hacia nosotros y yo me escondo.
-Papá, ¿vamos?
-Sí, cariño. ¿Sabes, Rocío? En el bosque hay hadas.
-¿Si?
-Y se reunen en el claro que hay en el oeste , a media noche-capto el mensaje. Quiere verme.

En el claro, a media noche. Aún me sorprende que haya puesto a su hija Rocío. Como yo.
-¡Rocío!
-Martín.
Se acerca a mi, corriendo. Intenta, cogerme por la cintura, pero yo me escabullo. Como siempre.
-Rocío... Cuanto tiempo... Yo...
-¿Se tomaron a bien que no hubiera hada?-le dije con rencor.
-Recordaron que lo había dicho borracho-repuso-.Rocío... Háblame.
--¿Qué tal con tu mujer?- pregunté, destilando enfado. Las hadas no solemos enfadarnos.
-Rocío.. Tu no estabas, y Anabel...
-Te curó las penas.
-Rocío..
-Haz cuenta de que no me has visto, Martín. Ten por seguro que no volverás a ver.

Me alejo de él, estirando con dignidad mis 50 cm de estatura. Me voy al Quinto Pino, de vuelta con mi madre. No volveré aquí. Hoy le he visto... Por última vez.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Cuando la vi por última vez...

Corrí, más rápido de lo que me creía capaz, sabedor de que cada segundo que pasaba era un segundo menos para huir. Todo era culpa mía, y en mis manos estaba el remediar, en la medida de lo posible, las consecuencias de lo que había hecho. En mis manos estaba el salvarle la vida.

Por fin llegué al claro dónde habíamos quedado. Me felicité por no haber dicho la hora exacta en la que me encontraría con ella. Dije por la noche, pero nuestra noche era mediodía. Sin embargo, no sabía cuando llegarían ellos. Me dolía lo que le iba a pedir, pero no tenía más remedio. La quería demasiado.

-¡Rocío! ¡Rocío!
-¿Ya estás aquí?-apareció de entre los árboles, como siempre, espléndida, brillante, deslumbrante, hermosa, sonriente.
-Rocío...
-Estás triste, Martín- me dijo dulcemente.
-Ayer...
-Fuiste de fiesta, lo sé. Me lo dijiste ayer.
-Me emborraché, Rocío. No sabía lo que decía, y...
-Y...
-Les hablé de ti. Les enseñé una foto de las nuestras.
-¡¿Qué?!
-Tienes que irte, no pueden encontrarte. No sé cuando vendrán, Rocío.
-No puedo dejarte aquí.
-Te llevarán, Rocío. Nos separarán igualmente. Pero a mi manera serás libre.
-Martín...
-¿Estás triste, Rocío?
-Como no. Sabes que eres algo más que mi mejor amigo.
Sonreí, mirándola tiernamente. Supuse que la pondría muchísimo más triste el decirle que yo también la amaba.
-Tienes que irte, Rocío. No sé cuando vendrán.
-Eso ya lo has dicho.
-Te lo diré más veces si hace falta. Vete.
-¿Lo crees necesario?
-No te lo diría si no fuera así.
Me miró. Supe lo mucho que le costó decir las siguientes palabras.
-De acuerdo, yo... Iré con mi madre. Al Quinto Pino.
Me vi abandonado por la fuerza que me había llevado hasta allí.
-Pero volverás...
-Por supuesto. En cuanto se hayan olvidado de mi. Sabes que esto pone en peligro a toda mi familia.
-Tu gran familia.
-Sí.
-Pero volverás.
-Vuelves a repetirte.
-Lo sé.
-Tranquilo. Me verás antes de que cambie las hojas mi pino-sonrió.
-Como des lugar a que se caigan las hojas de tu pino, será para matarte-yo también le sonreí.
-Te quiero.
-Yo también te quiero.
-Adiós, Martín González Herrera.
-Adiós, Gotas de Rocío en una Laguna- musité mientras ella se alejaba volando entre los árboles.

Fue la última vez que vi la menuda figura de mi amada Rocío, de la familia del Quinto Pino, princesa de las hadas, al menos a mi parecer, y luz que ha guiado mi vida desde aquel día, a mis quince años, en el que le pedí que se alejara de mí.

martes, 15 de septiembre de 2009

Me gustaría haber sido alguien

"Me gustaría haber sido alguien", pensó. "Ojalá pudieran recordarme algún día por haber hecho algo importante. Salir alguna vez en los libros de historia..." Se quedó mirando al infinito, intentando no pensar en nada. Y, como no, vio sus ojos. Sus ojos azules, brillantes, pícaros, tristes, hermosos, profundos, azules. Después de acordó se su sonrisa perfecta, espléndida, preciosa, alegre, deslumbrante, honesta, perfecta. Entonces volvió a su primer pensamiento:"Me gustaría haber sido alguien para poder amarla, para poder satisfacer sus deseos, para poder ser feliz." Perdida otra vez su mirada, escucha su voz, melodiosa, tal y como la había escuchado apenas 24 horas antes:
"-¿Por qué me miras?-le había dicho, divertida.
-Eres la chica más guapa que he visto nunca.
-¿Por qué lo dices?
-¿Es que no te lo habían dicho nunca?
-Sí, pero me gusta que me lo digan...-había sonreído, con su sonrisa perfecta.
-Cásate conmigo.
-¡¿Estás loco?!- se había echado a reir, con su risa cantarina, encantadora-. Me casaré con Sean. Él será un buen médico, descubrirá una médicina capaz de curar el SIDA, saldrá en los libros de historia, todo el mundo sabrá quien es... Y tú eres mi mejor amigo, no puedo casarme contigo."

Miró al vacío que se extendía frente a él, melancólico. "Me gustaría haber sido alguien", pensó, antes de tirarse y dejar escapar su vida.


sábado, 5 de septiembre de 2009

Despedida

Miró por última vez el edificio. Se sonrió, pensando que si hacía dos semanas alguien le hubiera dicho que le apesadumbraría dejar el instituto le habría llamado loco. Pero ahora... Sentía que su vida se escapaba de sus manos, de su control. Y sin embargo, se sentía inmersa en una extraña paz.

Alguien le cogió por el hombró y se dió la vuelta, alerta. Se topó con unos ojos extrañamente azules. Sonrió. Esos ojos se habían convertido en su apoyo para todo lo que había pasado esas dos últimas semanas. No podía imaginarse su vida sin ellos.
-¿Estás lista?
-Sí. Sólo quería...-sacudió la cabeza-. Sentía la necesidad de venir aquí.
-Lo comprendo. Tu vida ha girado alrededor de este edificio los últimos cuatro años.
-No es sólo un edifidio-le miró, molesta.
-¿Ah, no?
-No es... No sé, es donde los estudiantes labran su futuro, conocen gente, hacen amigos, se enamoran...-se volvió hacia el edificio, soñadora.
-No te cuentas entre ellos.
-Ya no.

El peso sobre su hombro desapareció. Le oyó registrar su mochila.
-¿Qué haces?-dijo volviendo la vista hacia él.
-Busco tu cámara.
-¿Por alguna razón en especial?
-Me gustaría inmortalizar el momento. Cuando vuelvas al instituto no te creerás que lo echaste de menos.
-¿Voy a volver?
-Eso espero, Sofía.

Se quedaron en silencio. Volvió a sonreir. Nunca llegaría a acostumbrarse al buen humor y el espíritu bromista del hombre que tenía a su lado. Mirándole a la cara, nadie se hubiera atrevido a imaginar que había sonreido alguan vez.
La iluminación se tornó diferente, más blanca. Ambos miraron hacia arriba.
-Luna llena. Eso es de buen agüero. Debemos partir ya.
-Sí-musitó.

Él la cogió de la mano y comenzaron a andar, rumbo a la estación de tren. Les esperaba un viaje muy largo.



martes, 25 de agosto de 2009

En una carretera.

Buscó una explicación a lo que veía. Tanto dolor, tanto sufrimiento debía ser por una buena razón. No encontró ninguna. Se volvió hacia su acompañante. También tenía la mirada puesta en el infinito, intentando asimilar la escena que se desarrollaba ante ella, quizás. Le puso la mano en el hombro, esperando poder ofrecerle algún consuelo. Ella le sonrió, agradecida. Echando mano al cinto, se adelantaron para enfrentarse a lo que, parecía, se convertiría en su rutina diaria.



Miró a los dos agentes de policía acercarse. Como no, otros metomentodo que no la dejarían hacer su trabajo. Miró a sus compañeros, trabajando a escasos metros de ella. Se fijó en especial en el cuerpo sudoroso de su ayudante personal, el joven Salvador. "Es demasiado guapo para estar aquí", pensó. "Debería estar en mi casa preparando una cena romántica. Los de tráfico llegaron hasta ella. Nuevos. "No os espera nada, chavales".


Miró de reojo a su jefa mientras seguía haciendo el masaje cardiorrespiratorio al joven que yacía en el suelo. Extrañamente, estaba consciente. Vio la mirada lujuriosa que la doctora Sandoval le lanzaba antes de hablar con los polis y sintió un estremecimiento de asco. No debía dejar que sus sentimientos interfirieran en su trabajo, se dijo. pero no deberían dejar que personas como Dolores Sandoval ejerciera la medicina como jefa de ambulancia. No con médicos más jóvenes que ella. Se concentró en su paciente. Debía salvar a su paciente. Costase lo que costase. Aquella era su vocación. Por algo $se llamaba Salvador.


Observó con los ojos entreabiertos al joven médico que intentaba salvarle la vida. "No lo intentes siquiera", quiso decirle."No vale la pena". Podía sentir el fuego a su alrededor, el calor, el ruido... Todo anunciaba muerte. ¿No se daba cuenta? Sentía su llamada cada vez más cerca, y cuán inútiles eran los esfuerzos del niñato ese por evitar lo inevitable. Recordó a Marissa. ¿Lloraría ella su muerte?


Marissa Estem miró la hora. Ese vejestorio de Guillén debería estar allí. Era la primera vez que llegaba tarde. Sonrió. Creía que estaba tan loca por él como él por ella. Pero ella sólo quería el dinero. El dinero que Salva necesitaba. El dinero que le había robado a Adela.


"Esta mujer piensa que somos unos ineptos", pensó Adela García, frustrada. Miró a su compañero, que intentaba hacer entrar en razón a la cincuentona doctora. Era posible que esa noche muriera alguien allí, debían estar presentes. Ella negó. Sus funciones se limitaban a regular el tráfico. Los heridos debían dejárselos a ellos. El joven médico llamó a su jefa. ¿De que le sonaba su cara?


Lejos, muy lejos quizás, alguien observa la escena, sonriente. Mira divertido al joven Salvador Torres, que está intentando salvarle la vida al amante de su novia. Mira también a Roberto Guillén, que está siendo salvado por el novio de la que piensa que es la mujer de su vida. Observa ahora a la joven policía forzada, cuya herencia trata de recuperar su hermana. Lástima que ambas no tuvieran el mismo padre. Quizás entonces Guillén se habría dado cuenta de que la hermosa Marissa sólo quiere vengarse por la gran estafa al banquero Francisco García.
Mira entonces a los dos invitados de la obra. El joven Arturo Pérez, policía, enamorado de Adela desde la academia. Dolores Sandoval, doctora jefe de Ambulancias, cuya vida sentimental esta plagada de fracasos y que se consuela pensando en sus pupilos. Suelta una carcajada. Qué divertida la vida de los mortales vista desde arriba, concluye. Qué divertida.

domingo, 16 de agosto de 2009

Jeannine

Jeannine solía repetirme hasta la saciedad que nunca somos alguien hasta que lo perdemos todo y comprendemos que en realidad somos nadie... No lo comprendí hasta que un día se esfumó. Desapareció. Sin dejar rastro. Pasaron tres años sin una llamada ni un e-mail. Nada. Intenté contactar con ella de todas las maneras posibles, pero después de un año de infructuosa búsqueda, desistí. Mi amiga siempre había sido muy voluble, y quizás había tenido un arranque de locura y se había ido a vivir a alguna comuna hippie. Pese a que me costó admitir que la estudiante de derecho más promentedora que conocía dejase la carrera por alguna idiotez, entraba dentro de la lógica de mi amiga. Ya podéis adivinar la sorpresa que fue el que me llamara tres años despúes de su desaparición.
-¿Avril?-me dijo cuando cogí el teléfono-. ¿Avril, eres tú? Soy Jeannine.
-¿Jeannine? ¿Jeannine Maréchal?
-¿Conoces a más Jeannines? Claro que soy yo, Av. Me alegra que no hayas cambiado de móvil.
-¿Dónde has estado? Te llamé...
-Tiré el móvil. Lo siento. No vi tus llamadas.
- ¿Y por qué...?
-¿...te llamo?-completó-. Av, te necesito. Urgentemente.
-Estás más rara que de costumbre.
-Porque no me has visto-la oí reír al otro lado del teléfono-. ¿Sigues viviendo en la residencia?
-¡No! Ya acabé la carrera. Ahora vivo en París-le di la dirección.
-De acuerdo, voy para allá. Yo también estoy en París. Nos vemos en diez minutos.

Llegó exactamente a los diez minutos. Pero no era la Jeannine que yo conocía. Ya no. Era... La sonrisa era la misma, y también sus ojos, pero había algo en su mirada... Y la forma de vestir. La Jeannine que yo conocía vestía las ropas del mercadillo hippie, se peinaba con dos golpes de peine, dejando sus cabellos rebeldes sueltos, con la excepción de las rastas que André, su compañero de clase, le hacía de vez en cuando. La chica que yo tenía ante mí no era nada de eso. Vestía un traje de Prada de seda (mi madre era modista, sé de lo que hablo) y unos Jimmy Choo en los pies. Para rematar la jugada tenía su pelo (su precioso y rebelde pelo, toda una seña de identidad) recogido en un moño realmente elegante, pero que le daba un aspecto de seriedad poco común en ella. Supongo que detectó mi vacilación, porque sonrió más todavía y habló con la voz que yo tanto apreciaba.
-Venga, Avril, no seas así. Soy yo, ¿que más quieres?
-Dios mío, Jeane, no me lo puedo creer. ¿Llevas ropa de marca?
-Y un anillo de diamantes-me lo enseñó-. Oye me encanta tu casa-comentó entrando-, ¿es tuya?
-Del banco en realidad. ¿Nos sentamos?
-Sí.
Nos quedamos ambas en silencio. Ella estaba tan irreconocible...
-¿Que tal tu vida?
-Bien-sonrió-. ¿No me vas a preguntar por qué me fui? ¿O por qué llevo esto?-se señaló las ropas-. Avril, di algo.
-Llevo tres años sin verte ni hablarte. Supongo que lo que me tengas que decir me lo dirás tu sola.
-¿Es rencor lo que oigo en tu voz?-ironizó-. Tu también has cambiado, Av. Aunque no lo veas.
-Yo no llevo zapatos de marca.
-¿Es por los Jimmy Choo? Si quieres te los doy. Es mi marido quién...
-¿Tu marido?
Asintió, sonriendo. Retorció los dedos de las manos, gesto que indicaba que estaba nerviosa...y feliz. Jeannine Maréchal, la de "el amor sin ataduras es lo mejor de la vida", casada y feliz.
-No lo entiendo.
-Oh, Av. Me habría encantado que vinieras a mi boda, pero cuando tiré el móvil... Bueno, no me acordé de la agenda y no tenía ni tu número ni tu dirección para decírtelo.
-Jeane...
-Lo sé, Avril, lo sé. Fui una inconsciente, una tonta, pero... Me di cuenta de que no tenía sentido, de que nada tenía sentido. ¿Para que estudiar derecho si no crees en aquello por lo que vas a luchar en un futuro? Decidí dejarlo todo...
-¿Y adónde fuiste?
-A América, Av. Donde van todos los soñadores. Y allí... Allí conocí a Jack.
-¿Jack?-arqueé las cejas.
-Encontré alojamiento con una pareja hippie que tenía un huertecito. Ninguno trabajaba, pero me dijeron que con lo que sacaban de la tierra les daba para vivir, y que podría vivir con ellos si trabajaba para ganarme el pan. El huertecito solo daba lo justo, pero yo sentía que lo que hacía servía para algo. Así estuvimos un año, hasta que a nuestra pequeña familia se unió un miembro más.
-Jack.
-Jack-asintió-. Dijo que estaba harto del materialismo de su mundo y que quería acogerse a nuestro modo de vida. Ya sabes lo que pensaba del amor libre, a él le pareció bien, hasta que...
-Que...
-Nos dimos cuenta de que ya no lo hacíamos libremente, Av. Lo hacíamos porque nos gustaba estar juntos, porque nos queríamos. Y así pasoó otro año. Enamorada hasta las trancas de un hombre del que solo sabía que se llamaba Jack-hizo una pausa para beber la coca-cola que le había sacado-. Pero, después de un año de felicidad, llegaron unos hombres a nuestro hogar. Hablaron con Jack y se fueron. Después él me dijo lo que pasaba: su hermano mayor y su padre habían muerto y él había heredado toda la fortuna familiar-las lágrimas acudieron a sus ojos, pero ella las reprimió-. Me dijo que era su deber acudir al rescate de la empresa familiar, que no podía dejar al mando al tirano del amante de su madre. También me dijo que no se iría sin mí. Se enjuagó las lágrimas-. Y que si me casaba con él.
-Y tú aceptastes.
-¡Claro que acepté!
-Y ahora no eres feliz. Ya no le quieres.
En el fondo seguía siendo Jeannine, mi mejor amiga. Sabía que era capaz de todo por amor, y lo había demostrado. Pero era igual que una niña y se ilusionaba fácilmente. Si ñel había cambiado...
-No es eso, Avril, yo... Yo le quiero igual que siempre, si cabe aún más, pero... ¡Mírame! Voy vestida de Prada, llevo un peinado de mil, ¿me oyes? Mil quinientos euros. Asisto a desfiles de moda, cenas de negocios, me codeo con la créme de la créme de todo el mundo. ¡El mes pasado conocí a Orlando Bloom! Pero...
-Esa no eres tú.
Sonrió.
-¿Ves, Avril? No he cambiado tanto... Es solo que... Él se desvive por mí, me compra las cosas más caras, yo creo que para compensarme... ¡Y no entiende que así no arregla nada!
-¿Has hablado con él?
-¿Qué le digo? ¿Qué es una pesadilla vivir rodeada de lujo? Av...-rompió a llorar.
La abracé. Como cuando se murió Alitas, su loro. La abracé porque era el único consuelo que le podía dar.
-¿Qué puedo hacer por tí, Jeannine?-dije cuando se hubo calmado.
-Av... ¿me dejarías unos vaqueros?
La acompañé a mi habitación y le mostré el armario. Seguíamos teniendo la misma talla. Se quitó la ropa cara y se puso unos vaqueros desgastados y una camiseta. Acto seguido, fue al cuarto de baño y deshizo su carísimo peinado.
-¿Crees que podríamos ir al cine?
-Claro. Echan una de Johnny Depp que tengo ganas de ver-le contesté desde mi cama.
-Pues vamos.
La Jeannine que salió del baño se asemejaba más a mi mejor amiga. Su pelo estaba liso, sí, pero no quedaba una gota de maquillaje en su cara.

-Oye-me dijo cuando salimos del cine-. ¿Cumpliste tu sueño de dormir en el Ritz?
-No...-sonreí-. De momento estoy intentando pagar la casa y el coche.
-Pues hoy duermes conmigo.
Cogimos un taxi hasta el Ritz de París. Entramos y Jeannine se identificó.subimos hasta una de las suites.
-Dios mío, Jeane, esto es un sueño-dije tirándome sobre la cama.
-Eso pensé yo los seis primeros meses. Después...-se tumbó a mi lado-.Necesito volver a mi vida normal. Un poco.
-¿Para eso me necesitabas?
-Sí-sonrió.
-¿ Y no me necesitas, no sé, para comprar ropa? Unos pantalones de Levi's no le vienen mal a nadie.
Rompió a reír. Me alegré secretamente de que aún tuviera el mismo humor de antes.
-Hemos venido a París por una reunión de trabajo. Jack se ha ido a Los Angeles justo después, pero yo me he quedado para verte a tí.¡Ah!Será mejor que sepas que ya no soy Jeannine Maréchal, sino Jeannine Sandman.
-¡Qué elegante! Oye, señora Sandman, ¿por qué no le dices a Jack Sandman que en vez de vestidos de Gucci quieres vaqueros de Levi's? Si el se siente bien comprando ropa cara, que la compre, pero a tu estilo.
-¿Mi estilo? Mi estilo es de mercadillo...

Oímos la puerta abrirse y nos incorporamos, asustadas. Una voz varonil llamó a mi amiga.
-¿Jeannine?
-¡Jack!
Se levantó corriendo y yo la seguí, curiosa. Quería ver al hombre que tanto quebraderos de cabeza daba a mi amiga.
Cuando llegué al recibidor de la suite me encontre a Jeannine abrazada al hombre más guapo que había visto en mi vida. Enfundado en un traje de Hugo Boss, parecía un modelo de pasarela caído del cielo más que un ex-hippie.
-Hola-saludé, tímidamente.
-Hola-contestó.
-Jack, esta es Avril, mi mejor amiga. Avril, Jack.
Le podría haber dado una pausa dramática a la presentación, porque a lo mejor aliviaba la tensión. Jack me miraba fríamente, como para darme a entender que no era bienvenida.
Jeannine recordó que había dejado el bolso en recepción y nos dejó a solas. Seguía teniendo el mismo tacto de siempre, es decir, ninguno.
-¿Hace mucho que conoces a mi mujer?-me preguntó. Recalcó el mi de forma bastante ostensible.
-¿Te sientes amenazado?-contesté, sorprendida.
Me di cuenta de que era cierto en cuanto lo dije. ¿Son todos los hombres igual de primitivos?
-Márchate antes de que te vea y no vuelvas a aparecer por nuestras vidas.
-¿Por qué?-respondí, provocativa.
-Ella es muy sensible, Avril-pronunció mi nombre con desdén-. No necesita a ninguna amiga que la ponga en contra mía.
-Ha sido ella quién me ha llamado, Jack. Porque me necesitaba. Porque necesitaba ponerse unos vaqueros y una camiseta de menos de veinte euros. Porque necesitaba ir al cine como la gente normal. Y, o mucho me equivoco, o eso no se lo puedes dar tú, Jack Sandman.
-¿Qué?
-Ella te quiere, chaval. Pero si la obligas a ir de Prada todos los días al final la perderás-terminé de cabrearme y empecé a gritar-. Así que antes de echar a las amigas de tu esposa porque creas que pueden amenazar tu felicidad conyugal, donde eres tú quien decides con quien se relacina Jeane, piensa si esas relaciones la hacen feliz. Renunció a su idílica existencia en esa caravana hippie por ti, imbécil. Y tu se lo pagas con vestidos de Gucci y pendientes de Tiffany's. Demuestras conocerla bien poco.

Cogí mi bolso y me marché. El día siguiente Jeannine me llamó para preguntarme por qué me había ido. Le dije que me había acordado de una cita. Cuando seis meses después volvió a París, me dijo que su marido había empezado a tratarla de forma diferente. Vino con unos vaqueros Levi's y una camiseta de deporte. Y su pelo, como siempre. La vi completamente feliz. Y la noticia que me dió hizo que me sintiera completamente segura de mi opinión.

Ahora, un año después, voy a EEUU para asistir al bautizo de Avril Jeane, la hija de Jeannine y, en unos días, mi ahijada. Junto a mi, el padre de la criatura, un hombre feliz y agradecido por haber contribuido a la felicidad total de su matrimonio. He de decir que es tan simpático como me lo había imaginado cuando Jeannine me hablaba de él. Y yo me alegro de haber encontrado a mi mejor amiga, y de acudir al bautizo de su hija con un vestido de Carolina Herrera hecho para la ocasión, cortesía de Jack Sandman y complementos de mercadillo, para hacer honor al nuevo estilo de mi amiga. Me consta que la echaron de diversos desfiles de moda por su ropa. Pero eso es otra historia.

Jeannine lo perdió todo y encontró la felicidad. Una felicidad tan plena que la contagia doquiera que va. Jeannine es la prueba fehaciente de que la suerte existe... si eres capaz de arriesgarlo todo.