Dora Smith, de soltera Gray, era una mujer peculiar. Nadie lo diría por su
pulcro aspecto de dama de clase media. Ni tampoco por sus reuniones para jugar
al mus. Ni tampoco por la aburrida relación que mantenía con su marido, Bob. Ni
siquiera por la llamativa relación extramatrimonial que mantenía con el
jardinero (las vecinas murmuraban y sonreían, pero les parecía normal, una no
podía esperar pasión del soso de Bob Smith).
Dora tenía dos hijos, bien educados, tímidos y que acudían a
la escuela, se sabían todos los versículos de la Biblia y se portaban bien en
la Iglesia. Llevaban buenas ropas que su madre remendaba amorosamente, para que
nadie acusara a sus hijos de tener menos dinero que el que aparentaban, lo que
hubiera resultado una verdad vergonzosa. En definitiva, Dora Smith se
esforzaba, como cualquier ama de casa normal, por aparentar un nivel de vida
más alto del que realmente podía llevar y lo conseguía.
Lo que hacía de Dora Smith, de soltera Gray, un mujer
peculiar, extraña, extraordinaria, eran los misteriosos paseos que daba, a
altas horas de la madrugada, hasta la oscura mansión Robinson, propiedad de
Charles James Robinson, un anciano ermitaño, que vivía aislado del mundo y no
tenía más compañía que la de su vieja ama de llaves. Cada noche, Dora Gray
(porque en esos paseos dejaba de ser la señora Smith y volvía a ser la señorita
Gray, con su sonrisa juvenil y los ojos brillantes) andaba un kilometro hasta
la mansión, entraba por la puerta de atrás y caminaba por oscuros pasillos
hasta llegar a la biblioteca, donde el viejo Robinson tocaba el piano. Y allí,
sin testigos, sin jueces, sin responsabilidades, Dora se perdía entre las
páginas de cualquier libro, olvidando la monótona vida de la señora Smith.
